El Miedo de Guy de Maupassant
conto publicado em 1884

    EL tren corría, a todo vapor, en medio de las tinieblas.
    Me hallaba solo, frente a un anciano que miraba por la ventanilla. Olía con fuerza a fenol en aquel vagón del P.L.M., procedente sin duda de Marsella1.
    La noche era sin luna, sin aire, sofocante. No se veían estrellas, y el vapor que despedía el tren nos arrojaba a la cara una cosa caliente, blanda, abrumadora, irrespirable.
    Habíamos salido de París hacía tres horas y nos dirigíamos hacia el centro de Francia sin ver nada de las regiones que atravesábamos.
    De pronto fue como una aparición fantasmal. Alrededor de una gran hoguera, en un bosque, había dos hombres de pie.
    Lo vimos durante un segundo; nos pareció que eran dos miserables harapientos, rojos por la luz resplandeciente del fuego, con sus caras barbudas vueltas hacia nosotros, y a su alrededor, como un decorado de drama, árboles verdes, de un verde claro y brillante, con los troncos heridos por el vivo reflejo de las llamas, por el follaje atravesado, penetrado y mojado por la luz que fluía hasta dentro.
    Luego todo se volvió otra vez oscuro.
    ¡Extraña visión fue aquélla! ¿Qué hacían en aquel bosque aquellos dos vagabundos? ¿Por qué aquella hoguera en medio de una noche asfixiante?
    Mi vecino sacó su reloj y me dijo:
    —Son las doce de la noche en punto, señor, acabamos de ver algo muy singular.
    Me mostré de acuerdo y empezamos a hablar, a suponer qué podrían ser aquellos personajes: ¿malhechores que quemaban pruebas o brujos que preparaban un filtro? No se enciende un fuego como aquel a media noche, en pleno verano, en un bosque, para hervir una sopa. ¿Qué hacían entonces? No pudimos figurarnos nada verosímil.
    Y mi vecino empezó a hablar... Era un anciano cuya profesión no conseguí determinar. Un hombre original a buen seguro, muy culto y que tal vez parecía algo trastornado.
    Pero ¿sabe alguien quiénes son los sabios y quiénes los locos en esta vida donde la razón debería llamarse a menudo necedad y la locura genio?
    Me decía:
    —Estoy contento por haberlo visto. Durante unos minutos he sentido una sensación desaparecida.
    »¡Qué turbadora debía ser antaño la tierra, cuando era tan misteriosa!
    »A medida que se alzan los velos de lo desconocido, se despuebla la imaginación de los hombres. ¿No le parece, señor, que la noche está muy vacía y es de una oscuridad muy vulgar desde que ya no hay apariciones?
    »Suele decirse: “Basta de fantasías, basta de creencias extrañas, todo lo inexplicado es explicable. Lo sobrenatural mengua como un lago que desagua un canal; la ciencia hace retroceder, día tras día, los límites de lo maravilloso.”
    »Pues yo, señor, pertenezco a la vieja raza, a la que le gusta creer. Pertenezco a la vieja raza acostumbrada a no comprender, a no analizar, a no saber, habituada a los misterios circundantes y que rechaza la simple y clara verdad.
    »Sí, caballero, han despoblado la imaginación al descubrir lo invisible. Hoy nuestro mundo me parece un mundo abandonado, vacío y desnudo. Han desaparecido las creencias que lo hacían poético.
    »Cuando salgo de noche, cuánto me gustaría estremecerme con esa angustia que hace santiguarse a las viejas cuando pasan junto a las tapias de los cementerios, y echar a correr a los últimos supersticiosos ante los vapores extraños de los pantanos y los fantásticos fuegos fatuos! ¡Cuánto me gustaría creer en algo vago y terrorífico que uno imaginaba sentir pasar en la sombra.
    »¡Cuán sombría y terrible debía ser en otro tiempo la oscuridad de las noches, cuando estaba llena de seres fabulosos, de desconocidos, de merodeadores malvados cuyas formas no podían adivinarse, cuya aprensión helaba el corazón, cuyo oculto poder superaba los límites de nuestro pensamiento y cuya expectativa era inevitable!
    »A1 desaparecer lo sobrenatural, el verdadero miedo ha desparecido de la tierra, porque sólo se tiene miedo realmente de lo que no se comprende. Los peligros visibles pueden conmover, turbar, asustar. ¿Y qué es eso comparado con la convulsión que produce en el alma la idea de que vamos a tropezar con un espectro errante, que vamos a sufrir el abrazo de un muerto, que vamos a ver avanzar hacia nosotros una de esas bestias espantosas que ha inventado el espanto de los hombres? Las tinieblas me parecen luminosas desde que ya no las frecuentan.
    «Y la prueba de que es cierto es que si de pronto nos encontráramos solos en este bosque, nos perseguiría la imagen de los dos singulares seres que acaban de aparecérsenos a la luz de su hoguera mucho más que la aprensión de un peligro cualquiera y verdadero.»
    Y repitió: «Sólo se tiene miedo realmente de lo que no se comprende.»
    Y de pronto me vino a la memoria un recuerdo, el recuerdo de una historia que nos contó Turgueniev, un domingo, en casa de Gustave Flaubert2.
    No sé si acaso la escribió en alguna parte.
    Nadie ha sabido mejor que el gran novelista ruso trasladar al alma ese estremecimiento de lo desconocido, velado, y, en el claroscuro de un cuento extraño, dejar que se vislumbre todo un mundo de cosas inquietantes, inciertas y amenazadoras.
    Él sabe hacer sentir, como nadie, el miedo vago a lo invisible, el miedo a lo desconocido que hay tras la pared, tras la puerta, tras la vida aparente. Con él nos vemos bruscamente atravesados por luces dudosas que sólo iluminan lo suficiente para aumentar nuestra angustia.
    A veces parece mostrarnos el significado de coincidencias extrañas, de acercamientos inesperados de circunstancias en apariencia fortuitas, aunque guiadas por una voluntad oculta y taimada. Con él, uno cree sentir el hilo imperceptible que nos guía de forma misteriosa a través de la vida como a través de un sueño nebuloso cuyo sentido sin cesar se nos escapa.
    No penetra osadamente en lo sobrenatural, como Edgar Poe o Hoffmann; cuenta historias sencillas a las que sólo se mezcla un no sé qué de vagaroso y turbador.
    También nos dijo ese día: «Sólo se tiene realmente miedo de lo que no se comprende.»
    Estaba sentado, o más bien hundido en un gran sillón, con los brazos colgando, las piernas estiradas y distendidas, la cabeza totalmente cana, hundido en aquel gran oleaje de barba y de pelos plateados que le daban el aspecto de un Padre eterno o de un Río de Ovidio.
    Hablaba despacio, con cierta pereza que prestaba encanto a las frases y cierta vacilación en la lengua, algo pesada, que subrayaba la precisión coloreada de las palabras. Sus ojos claros y muy abiertos reflejaban, como ojos de niño, todas las emociones de su pensamiento.
    Éste fue el relato que nos hizo:
    Cazaba, en su juventud, en un bosque de Rusia3. Había caminado todo el día y, al final de la tarde, llegó a orillas de un riachuelo tranquilo.
    Corría bajo los árboles y entre los árboles, lleno de hierbas flotantes, profundo, frío y claro.
    Del cazador se apoderó una necesidad imperiosa de arrojarse a sus transparentes aguas. Se quitó la ropa y se lanzó a la corriente. Era un joven muy alto y muy fuerte, vigoroso y nadador intrépido.
    Se dejaba arrastrar despacio por la corriente, con el ánimo tranquilo, rozado por hierbas y raíces, feliz de sentir contra su carne el contacto ligero de las lianas.
    De pronto una mano se posó en su hombro.
    Se volvió de una sacudida y vio un ser espantoso que lo miraba ávidamente.
    Aquello se parecía a una mujer o a una mona. Tenía una cara enorme, llena de pliegues y gesticulante, que reía. Dos cosas innombrables, dos tetas sin duda, flotaban delante de ella, y unos cabellos larguísimos, enmarañados, rubios de sol, rodeaban su rostro y flotaban a su espalda.
    Turgueniev se sintió dominado por el miedo horroroso, el miedo glacial a las cosas sobrenaturales.
    Sin reflexionar, sin pensar, sin comprender, empezó a nadar de forma frenética hacia la orilla. Pero el monstruo nadaba más deprisa y le tocaba el cuello, la espalda y las piernas con pequeñas risitas de alegría. El joven, enloquecido de espanto, alcanzó por fin la orilla y se lanzó a toda velocidad a través del bosque, sin pensar siquiera en recuperar sus ropas y su escopeta.
    El ser espantoso le siguió, corriendo tan deprisa como é1 y gruñendo.
    El fugitivo, extenuado y paralizado de terror, estaba a punto de caer cuando acudió un niño que guardaba unas cabras armado de un látigo; empezó a golpear a la horrible bestia humana, que escapó lanzando gritos de dolor. Y Turgueniev la vio desaparecer en el boscaje, como si fuese una hembra de gorila.
    Era una loca que vivía en aquel bosque hacía más de treinta años de la caridad de los pastores, y que pasaba la mitad de sus días nadando en el río.
    El gran escritor ruso añadió: «Nunca en mi vida he tenido tanto miedo, porque no comprendía qué podía ser aquel monstruo.»
    Mi compañero, a quien conté esta aventura, prosiguió:
    —Sí, sólo se tiene miedo de lo que no se comprende. Realmente, sólo se experimenta esa horrible convulsión del alma llamada espanto cuando se mezcla al miedo un poco del terror supersticioso de los siglos pasados. Yo he sentido ese espanto en todo su horror, y por una cosa tan simple y tan tonta que apenas me atrevo a decirlo.
    »Viajaba yo por Bretaña completamente solo y a pie. Había recorrido el Finisterre, las landas desoladas y las tierras desnudas en que sólo crece el junco, cerca de las grandes piedras sagradas, de las piedras frecuentadas por apariciones. Había visitado la víspera la siniestra punta del Raz, ese cabo del viejo mundo donde combaten desde la eternidad dos océanos: el Atlántico y el mar de la Mancha; mi espíritu estaba invadido por leyendas, por historias leídas o contadas sobre esa tierra de creencias y supersticiones.
    »E iba de Penmarch a Pont-l’Abbé, de noche. ¿Conoce Penmarch? Una ría llana, completamente llana, muy baja, más baja que el mar al parecer. Desde cualquier sitio se ve, amenazador y gris, ese mar lleno de escollos babeantes como bestias furiosas.
    »Había cenado en una taberna de pescadores y ahora caminaba por una carretera recta, entre dos landas. La oscuridad era muy densa.
    »De vez en cuando, una piedra druídica semejante a un fantasma en pie parecía contemplar mi paso, y poco a poco iba apoderándose de mí una vaga aprensión; ¿de qué? No lo sabía. Hay noches en que uno cree que a su lado pasan rozándole espíritus, en que el alma tiembla sin razón, en que el corazón palpita por el miedo confuso de un no sé qué invisible que yo echo en falta.
    »Me parecía larga la carretera, larga e interminablemente vacía.
    »No había más ruido que el ronquido de las olas a lo lejos, a mi espalda, y en ocasiones ese ruido monótono y amenazador parecía muy próximo, tan próximo que creía tenerlo a mis talones, corriendo por la llanura con su frente de espuma, y me entraban deseos de escapar, de huir a toda velocidad hacia adelante.
    »El viento, un viento a ras de tierra que soplaba a ráfagas, hacía silbar los juncos a mi alrededor. Y aunque iba muy deprisa, sentía frío en los brazos y en las piernas: un infame frío de angustia.
    »¡Ay, cuánto hubiera deseado encontrarme con alguien!
    »Era tan densa la oscuridad que en ese momento apenas si distinguía la carretera.
    »Y de súbito oí delante de mí, muy lejos, el fragor de unas ruedas. Pensé: “Bien, un coche.” Luego no volví a oír nada.
    »Al cabo de un minuto percibí con toda claridad el mismo ruido, más cercano.
    »Sin embargo, no veía ninguna luz; pero me dije:
    “No tienen linterna. Nada sorprendente en este país de salvajes.”
    »El ruido volvió a detenerse, luego continuó. Era demasiado débil para que fuese una carreta; además no oía ningún trote de caballo, cosa que me sorprendía porque la noche era tranquila.
    »Empecé a pensar: “¿Qué será eso?”
    »¡Se acercaba deprisa, muy deprisa! Pero no oía más que una rueda... ningún golpeteo de hierros o de pies... nada. ¿Qué era aquello?
    »Estaba muy cerca, muy cerca; me lancé a una zanja con un movimiento instintivo, y vi pasar a mi lado una carretilla que corría... completamente sola, nadie la empujaba... Sí... una carretilla.., completamente sola...
    »Mi corazón empezó a latir con tanta violencia que me derrumbé en la hierba mientras escuchaba el traqueteo de la rueda que se alejaba, que se iba hacia el mar.
    »Y no me atreví ya a levantarme, ni a caminar, ni a hacer ningún movimiento; porque si hubiera vuelto, si me hubiera perseguido, me habría muerto de terror.
    »Tardé tiempo en reponerme, mucho tiempo. E hice el resto del camino con tal angustia en el alma que el menor ruido me cortaba el aliento.
    »¿Es estúpido, verdad? ¡Pero qué miedo! Cuando más tarde he pensado en este caso, lo he entendido: un niño descalzo empujaba sin duda la carretilla; y yo buscaba la cabeza de un hombre de altura normal.
    »¿Lo comprende usted?... Cuando en el alma ya se tiene un escalofrío de lo sobrenatural... una carretilla que corre... completamente sola... ¡Qué miedo!»

    Calló un momento y luego agregó:
    —Ya lo ve, señor, asistimos a un espectáculo curioso y terrible: ¡esa invasión del cólera!
    »Puede oler el fenol con que están emponzoñados estos vagones; y eso quiere decir que el cólera está ahí, en alguna parte.
    »Hay que ver Toulon en este momento. Vaya, se huele perfectamente que el cólera está ahí. El cólera. Y no es el miedo a una enfermedad lo que enloquece a la gente. El cólera es otra cosa, es lo invisible, es un azote de antaño, de los tiempos pasados, una especie de Espíritu malhechor que vuelve y que nos deja tan atónitos como espantados porque, al parecer, pertenece a épocas desaparecidas.
    »Me dan risa los médicos con su microbio. No es un insecto lo que aterroriza a los hombres hasta el punto de hacerlos tirarse por la ventana; ¡es el cólera, el ser indecible y terrible que viene del fondo de Oriente!
    »Cruce usted Toulon, bailan en las calles.
    »¿Por qué bailar en estos días de muerte? En el campo, alrededor de la ciudad, están quemando fuegos artificiales; encienden hogueras de alegría; las orquestas tocan melodías alegres en todos los paseos públicos.
    »Es que Él está ahí, es que desafían no al Microbio sino al Cólera, y que pretenden dárselas de valientes ante él, como ante un enemigo oculto que acecha. Bailan, ríen, gritan, encienden hogueras y tocan esos valses por él y para él, para el Espíritu que mata, al que notan presente en todas partes, invisible, amenazador, como uno de esos antiguos genios del mal que conjuraban los sacerdotes bárbaros...

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